Encuentros Sudamérica

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La escritora y periodista española, Premio Nacional de las Letras 2017 en su país, llegó a Lima para participar de la Feria Internacional del Libro 2018. En esta conversación habla del rol de los hombres en las luchas del feminismo; del paso del tiempo y de la muerte, sus dos obsesiones; y da una pista de lo que traerá su próxima novela de ciencia ficción.

Emilio Camacho La Republica Lima Perú
Domingo, 22 de Julio del 2018

Acabo de dejar colgada a Rosa Montero. Y me está reprochando por ello. Con las manos levantadas, como si alcanzara unos cachetes imaginarios, me recuerda que al saludar se dan dos besos, de derecha a izquierda, dos besos silenciosos, y no uno solo, como hacemos acá. “¡Que son dos!”, reclama, divertida, mientras se deja llevar a la terraza del hotel Los Delfines, donde conversaremos. Lleva una blusa azul con adornos geométricos y un collar tejido, con mostacillas, en el que predomina el mismo color. Es una mañana soleada de invierno en Lima y no hay mejor escenario para hablar de la energía que transmite su último libro, en realidad una reedición del clásico Historias de mujeres (rebautizado ahora con el nombre de Nosotras, historias de mujeres y algo más. Alfaguara, 2018). Están aquí, en este conjunto de perfiles, la malvada Laura Riding, llamada la bruja-poeta, quien, en las primeras décadas del siglo veinte, atrapó en sus delirios a escritores, intelectuales y fotógrafos europeos. Está también la escritora Agatha Christie, quien perdió la memoria para escapar de sí misma. Frida Kahlo va junto a ellas, con todos sus tormentos. Y las siguen los miserables días finales de Simone de Beauvoir. Son mujeres que tuvieron existencias arrolladoras, impetuosas. Es el batallón femenino con el que Rosa Montero ha llegado a Lima para presentarse en la Feria Internacional del Libro. En medio del fenómeno #Niunamenos y las acusaciones contra depredadores sexuales como Harvey Weinstein, las mujeres de la escritora española, con las que vive obsesionada, reclaman su lugar en la historia.

Tu libro Nosotras reaparece en un momento de gran intensidad para el movimiento feminista y el final del nuevo prólogo tiene una arenga poderosa. Dices: “Así es que hermanas, abramos nuestras fauces de dragonas y escupamos fuego”. Más que una reedición, este libro parece un llamado a la lucha.

(Sonríe) Sí. A una lucha. Mira, yo creo que hemos subido un pequeño escalón, en estos dos últimos años, en la historia de la deconstrucción del sexismo. Y subir ese pequeño escalón, aunque sea ínfimo e histórico, también es muy difícil y un gran logro. Otra de las cosas que yo digo en el prólogo del libro es que ahora, en esta etapa de la deconstrucción del sexismo, hay un ingrediente enorme de hombres peleando la misma lucha. Es algo maravilloso. Es una de las especificidades del momento, del feminismo y del antisexismo, y una cosa que ha sido evidente toda la vida: las luchas feministas no son solo cosa de chicas.

A ver, una precisión, ¿cuánto han aportado los hombres a la causa feminista?

Hombre, han estado desde el principio de los tiempos. Siempre ha habido hombres feministas, entre otras cosas, porque el sexismo hacía que las mujeres no estuvieran preparadas culturalmente en muchos sentidos y que les fuera difícil ser conscientes de su situación. Entonces, siempre han habido hombres progresistas y que han tenido claro el feminismo. Mark Twain, por ejemplo, fue un hombre feminista. Han estado pero siempre han sido hiperminoría. La lucha ha sido en un 98% una lucha de mujeres, pero ahora, te lo digo yo que voy a todas las manifestaciones, hay entre un 30 y 40% de hombres, todos muy jóvenes, por cierto. Y es lógico. El antisexismo implica el cambio del mundo, de la manera en la que nos relacionamos hombres y mujeres, de la manera en la que aceptamos unos papeles absurdos y dictatoriales. Esa causa es de todos.

Para ti la lucha feminista es una búsqueda de la igualdad en todo sentido. Hace poco has dicho que esta igualdad llegará cuando las mujeres puedan ser tan necias, ineficaces y malvadas como los hombres…

Como algunos hombres…

ok y que no las juzguen por eso.

Que no las juzguen especialmente por eso. Habrá que juzgarlas por necias, malvadas, igual que a los hombres. Habrá que ir contra ellas igual que con los hombres. Pero que ese no sea un plus. Siempre dicen “mira cómo es esa mujer”. A la mujer se le exige muchísimo más, como si debiera ser un ejemplo de maravilla. El machismo es una ideología y es un prejuicio que tenemos todos, porque todos hemos sido formados así. Y como todo prejuicio se antepone al juicio y es muy insidioso. Lo que queremos no es que las mujeres sean maravillosas y santas sino que sean libres para hacer cualquier cosa.

Pero hay un discurso que sugiere que las mujeres deben ser admiradas y veneradas…

Es una cierta confusión pero no creo que sea mayoritaria. Esto no se entiende, da como mucho conflicto. Ahora estoy de vacaciones pero cuando vuelva voy a escribir un artículo sobre esto. Y lo que voy a decir es que todo esto se puede entender si lo explicamos desde un punto de vista que no esté manchado por el prejuicio machista. Cuando murió (Francisco) Franco empezó en España una época de mucha inseguridad en la calle, teníamos un problema evidente con la droga, con la heroína. Con Franco no había nada de inseguridad, como en toda dictadura. Pero cuando vino la democracia sí que la hubo. Y entonces la gente empezaba a murmurar. Pero, mira, si tienes una maldita dictadura que por estornudar te mete cinco años a la cárcel, por supuesto nadie se mueve, pagas un precio altísimo. Entonces, si aspiras a la libertad social tienes el problema. Y si aspiras a la libertad de la mujer, las habrá hijas de puta, algunas. ¡Evidentemente! (Se ríe con ganas) Yo lucho por ese principio. Pero todo tiene un coste.

Fuiste una niña que tuvo que escapar del acoso cuando iba al colegio en el metro de Madrid…

Como todas…

Y ya joven, durante el movimiento contracultural de los 70, tuviste que mimetizarte con tus compañeros, no usar maquillaje, ¿eso te convirtió en la feminista que eres ahora?

Sí usaba. Lo que pasaba, cuando empecé a trabajar a los 19 años, es que habíamos muy pocas mujeres y éramos una rareza. De hecho, eran los últimos años del franquismo y cuando ibas a las redacciones te decían que no contrataban mujeres, y se quedaban tan tranquilos porque no era ilegal. Entonces, allí, en medio de ese machismo brutal es que digo que había que hacerse aceptar por los compañeros, y por los progres también. Resulta que había que demostrar que eras como un hombrecito. Yo que he tenido una parte muy lógica toda mi vida, tiraba de ella para discutir racionalmente y lógicamente con los hombres, para que me respetaran. Luego tenía una parte muy imaginativa y muy fantástica, que me costó luego sacar. Eso sí que es el sexismo. Pero aparte de esto, en aquellos años de la lucha antifranquista, que era una lucha ideologizada, hubo algunos excesos estúpidos. Hombres y mujeres, por ejemplo, no podíamos llevar perfume, porque eso se veía pequeño burgués.

Hablas de prejuicios ideológicos.

Sí, que afectaban a hombres y mujeres.

Te pasó algo incómodo durante la promoción de tu novela La Carne, que trata de la relación de una mujer de 60 años con un gigoló de 32. De pronto, y lo escribiste, lo más sorprendente para algunos periodistas es que se hablara de que una mujer de 60 años tuviera sexo.

Sí, pero no fue desagradable, fue divertido, aunque también me pareció chocante. Y fue minoritario, lo que indica cómo ha cambiado la sociedad. No llegó a ser el 10% de los periodistas, sobre todo hombres y unas cuantas mujeres. Me acuerdo que la primera vez que me pasó estaba en un programa de televisión por la mañana, en directo, con varios hombres y mujeres periodistas, y uno de ellos, de unos cincuenta y tantos, me dice: (aflauta la voz) “A mí lo que me encanta es que esta novela es tan valiente que te has atrevido a abordar el tabú del sexo de las mujeres de 60 años”. Yo le dije: “Primera noticia que yo me haya querido ocupar de un tabú. Yo no he querido hablar del sexo de las mujeres de 60 años. Yo he querido hablar del sexo. Punto. Y mi protagonista tiene 60 años. ¡Es que a mí eso me parece tan normal! Para mí no es un tabú. Para todos alrededor mío es algo normal (se ríe con ganas)”. Es como que dijeras que Richard Gere tiene el valor de abordar el tabú del sexo de los hombres de 70 años con chicas de 30, que es la edad de su mujer.

Claro, a él nadie le pregunta por esas cosas.

O a los Rolling Stones. Eso forma parte del prejuicio machista, pero debo decir que fue minoritario.

¿Y sientes que esta sociedad tiene un prejuicio general contra las personas de más de 60 años?

Eso lo decía Madonna, fue la primera en decirlo.

En su famoso discurso en los Billboard.

Claro, ella hablaba del ageism, el ageísmo, que es un gran prejuicio. Y es increíble, porque vamos a una sociedad cada vez más mayor. La gente que tiene ahora 40 años, la mayoría va a vivir hasta los 100 años.

En enero de 2016 escribiste en una columna: “Si de joven hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera”, ¿por qué?

Bueno, yo siempre he estado obsesionada totalmente por la muerte. Yo creo que los novelistas somos personas a las que nos es mucho más difícil olvidarnos de que nos vamos a morir. Mientras que la mayoría de la gente vive olvidada de ello, a los novelistas nos cuesta mucho, estamos obsesionados con el paso del tiempo. Yo con 10 años me decía: “Mira, Rosita, qué tarde tan bonita, disfrútala, porque enseguida enseguida estarás en el colegio, enseguida enseguida te habrás hecho mayor, enseguida enseguida se habrán muerto tus padres, y enseguida te habrás muerto tú”. Y esto lo decía a los 10.

¿Tan chica?

Sí. No es una cosa tan terrible. Mira cómo es la frase: “Mira, Rosita, qué tarde tan bonita, disfrútala”. Esa conciencia de la muerte te da mucha conciencia de la vida, ¿sabes? Mira, lo que te quiero decir es que, aunque siempre he estado obsesionada con la muerte, la juventud te da una cierta incomprensión del hecho de la muerte. La muerte duele, a todas las edades es incomprensible, es irracional, no nos cabe en la cabeza, es absurda, y los jóvenes la entienden todavía menos. Pero hay un momento de la vida… Espera, ¿qué edad tienes tú?

Tengo 42. Sé a dónde vas. Has escrito que a partir de los 40 uno es más consciente de la muerte…

Sí, 40, un poco más quizá. Eso está en la novela La Información de Martin Amis. La información es una voz que cada noche te despierta y te dice (hace la voz de un espectro): “Te vas a moriiir” (se ríe de nuevo, con ganas). Y eso, que te atrapa, y luego se empieza a morir la gente de tu alrededor, y te dices: “Quizá debí vivir de otra manera”. Y no es que yo haya querido vivir de otra manera, porque la verdad es que he sido muy vitalista y he hecho lo que he querido hacer, pero lo que explicaba en el artículo es que quizá debí perder menos el tiempo en angustias estúpidas, relajarme, darle importancia a las cosas importantes, ¿sabes?

Has dicho alguna vez que con el paso del tiempo la gente deja de leer novelas y prefiere datos duros.

Pasa. Y de hecho se han hecho estudios. Creo que esa es una clara prueba de envejecimiento anímico, de envejecimiento emocional.

¿Tú te resistes a eso?

¿Yo? Sí. Si los novelistas seguimos escribiendo, si conseguimos inventar historias, inventar cuentos, inventar mentiras, si seguimos es porque el niño sigue vivo. Pero hay algo llamativo. A mí me gusta mucho la autoficción y de hecho la he practicado. La loca de la casa es autoficción clara, pura y dura. Pero me preocupa un poco la hiperabundancia de autoficción que hay ahora mismo, es como una prueba de la falta de esa fuerza vital creativa verdadera, de la fantasía pura, de la creación.

De la falta de creación de universos…

Falta energía vital, hay como un envejecimiento de la escritura de ficción.

Ahora que hablabámos de la muerte, esta sociedad tiene una pésima relación con la muerte.

Sí, todas en realidad.

Incluso juzgamos a la gente que muere. Decimos: “Esta persona no se cuidaba, esta era sedentaria”.

Sí (se ríe). La vemos como una cosa aberrante.

Tú dices que la vemos como una anomalía que pudiera evitarse.

Efectivamente. Nos meten en la cabeza que puede evitarse. Nos dicen que si te cuidas como una salvaje del colesterol, y el ejercicio, y esto, no te vas a morir. ¡Pero cómo! (se ríe). Hay una cosa que me saca de quicio. Culpan a la gente con cáncer de su cáncer, ¿tú te has dado cuenta de eso? Dicen: “Si tienes suficiente optimismo te salvas”. Y un coño. A lo mejor no. O sea, puedes tener un optimismo de la leche y no salvarte, y estar deprimidísimo y salvarte, porque el cáncer es muchas enfermedades. Eso encima culpabiliza al enfermo, que ya tiene bastante. Te dicen: “Es que no lo has hecho bien, te has muerto porque no lo has hecho bien”. (se ríe)

Vamos a detenernos un momento. Rosa Montero está agotada y debe parar. Han sido doce horas de vuelo de Madrid a Lima. Cuando se levantó, esta mañana, pidió un café con leche. Le sirvieron -dice- un tanque de leche con dos gotas de café. Así que ha pedido una taza más de café, que ahora bebe tranquila, sin apurarse. El registro menos conocido de Rosa Montero en esta parte del mundo es el de escritora de ciencia ficción. Ese es un error. El tema la apasiona. Al inicio de su carrera escribió algunos cuentos de este corte. Pero recién en 2011 presentó al que es su personaje más importante en su universo futurista: Bruna Husky, una detective tecnohumana, una clon que sabe cuándo va a morir. De nuevo, el paso del tiempo y la muerte en la literatura de la escritora española. De nuevo, sus obsesiones. Rosa Montero habla de universos desconocidos y de su propio futuro.

En América nos hemos horrorizado con niños inmigrantes separados de sus padres, en los Estados Unidos, y encerrados en jaulas, ¿qué pasa en Europa con los inmigrantes?

Lo de Estados Unidos es espantoso, por supuesto. Pero es que en Europa llevamos bastante tiempo con los desplazados. Hay 64 millones de desplazados en el mundo, nunca hubo una cifra semejante en la historia, esto reconocido por la ONU. Viven en unas condiciones atroces, retenidos al lado de las fronteras, completamente a la mano de Dios. Hace dos o tres años, y mira que la cifra puede haber aumentado, habían, de todos estos migrantes, diez mil niños desaparecidos.

¿Quién encarna ahora, con más fuerza, el sentimiento antiinmigrante en Europa? Me parece que Italia es el país que ha tomado decisiones más drásticas.

Italia está en una deriva neofascista completa. Ahora mismo, en Europa, hay una lucha entre el neonazismo y el neofacismo brutal. Y, bueno, hay una cierta resistencia a eso. Pero no sabemos qué va a pasar. Italia es uno de los países más atroces en este momento. Yo estoy preocupadísima.

En La Carne apareces por primera vez como un personaje dentro de una de tus novelas. Y, de hecho, te  encuentras con Soledad, la protagonista de la novela, y como que no le gustas…

No, nada. Soledad, a la cual adoro, es un personaje misántropo y misógino. Yo detesto a las mujeres misóginas, pero a Soledad he llegado a amarla porque ha tenido una vida muy difícil. Ella piensa que todas las mujeres son más felices que ella. Y ella odia en especial a las mujeres escritoras, porque ella quería escribir. Entonces ella me mira y me veo a través de sus ojos, ha sido muy divertido escribir eso. Y tiene toda la razón. Ella es comisaria de arte, exquisita, súper colocada, obsesiva, yo soy un desastre, tiro todas las cosas al llegar. Ella se siente invadida. Y luego se da cuenta que llevo tatuajes por todas partes y dice: “¡Pero qué horror, va toda tatuada!”, le parezco un desastre.

¿Vas a aparecer en alguna otra novela? Yo pienso que deberías encontrarte en algún momento con Bruna Husky, tu detective tecnohumana, que debería reprocharte porque solo le has dado diez años de vida.

(Abre los ojos) ¡Perdóname! Está por salir la tercera Bruna. La he terminado casi llorando. Y hay una relación conmigo y Bruna en esa novela. No te puedo decir más.

Sí, claro. Hay un prejuicio enorme. Pero me da igual. Intento quitarlo. A mí me parece que es un género poderosísimo que te da herramientas metafóricas para hablar de la realidad y de la condición humana

Categoría(s): General

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