Encuentros Sudamérica

Encuentrosud

Cielos de Córdoba, de Federico Falco, es uno de esos libros que le demandan valentía y honestidad sentimental al acto de leer: saturada de golpes bajos, lanouvelle de Falco exige que le reconozcamos a esos golpes bajos (a veces tiernos, a veces macabros y otras escatológicos) su eficacia y su impacto en nuestra propia sensibilidad.

Hagamos un recuento de los instrumentos con los que Falco se gana nuestro asombro, nuestra incomodidad y hasta nuestras lágrimas. El protagonista, Tino (un niño porteño que vive en un pueblo de Córdoba), es hijo de un ufólogo que tiene un museo de avistamientos OVNI adornado por una estatua de Xicflon Bethas (Comandante Supremo de la Confederación Intergaláctica sobre el Planeta Tierra); su madre está enferma y él la visita en el hospital; en su deambular por el hospital, Tino (abandonado de hecho) también visita a Alcira, una anciana ciega, ligeramente obsesionada con un locutor de radio de Río Cuarto cuya ausencia le preocupa; Tino y Alcira se quieren, y Tino le permite averiguar por teléfono (un teléfono de Entel, que funciona a fichas) el destino del locutor; acto seguido la ayuda a subirse a una silla para tocar un busto de Perón y formarse con sus manos, por primera vez, una imagen de la cara del General; Tino está descubriendo su sexualidad; tiene una amante dormida en una chica catatónica y un amante activo en un chico violento y curioso, en el que laten al mismo tiempo un impulso homoerótico y la homofobia; Tino descubre la eyaculación en el río y las mojarras se comen su producto. Como puede verse, casi todos los elementos anecdóticos en los que se desgrana Cielos de Córdoba son golpes de alto impacto a distintas zonas de nuestra sensibilidad, aunque Falco ha elegido una estrategia narrativa que tiende a moderarlos, contando lo extravagante como si fuera corriente. El resultado es una novela que, como señala Luciano Lamberti en el prólogo, es difícil leer sin inquietud, pero que al mismo tiempo fluye como una corriente mansa gracias a una prosa voluntariosamente objetivista y monótona y a un humor asordinado, casi imperceptible.

La nouvelle de Falco no es, por otra parte, un panfleto sobre el dolor de ser el chivo expiatorio en un pueblo chico, no es una exploración de la homosexualidad latente, no es una novela sobre OVNIS ni el tratamiento de un tema de agenda; como quería Chejov en una cita célebre, Cielos de Córdoba es un sutil acto de magia sin “trama ni final”, la exposición (vibrante de ternura y dolor) de un trozo de vida, y aunque no sea la única manera de contar cosas, es la que Falco ha elegido y ejerce con maestría. La sutileza de las decisiones de Falco hacen que todo eso que se niega al principio de este párrafo también resuene en su nouvelle , subsumido bajo el interés mayor de volver a sus personajes seres vivos y conmovedores. En la escena memorable y mínima en que la ciega Alcira llama a la radio de Río Cuarto, el telefonista le pide a la ciega su nombre. “¿Cómo? ¿Cómo? No, pero él no me conoce a mí. Bueno, Alcira, entonces, digalé que lo llamó la Alcira”. La escena evoca el aire de una democracia restaurada, el cambio de época que Alcira apenas intuye, pero sobre todo se impone su imagen ciega como un ser pensado para sí, sin una segunda intención aleccionadora.

Cualquiera puede decir que lo que se elogia en la nouvelle de Falco se ha repudiado en otros libros, pero esa es una trampa infranqueable para el reseñista, que sólo puede confiar en que su entusiasmo lleve al lector a abrir Cielos de Córdoba para cotejar estas impresiones, pero sobre todo para entregarse a su encanto tenue.

Deja un comentario


Acceder con Facebook
Acceder