Encuentros Sudamérica

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Gonzalo Lema

El siglo XXI de los bolivianos no debe dejar en el olvido el batán de los bisabuelos. En el batán se elabora la llajua, el molido de cereales y los apanados de carne que engullimos bajo el patronímico de silpancho. En el batán se reconoce nuestra afición por la comida criolla y nuestro origen. En cada casa, incluso en cada departamento, cerca a la cocina, deberíamos lucirlo como la piedra fundamental de lo que fuimos y somos. Y junto a él, el microondas, claro, porque también anhelamos ser modernos, y parte de esa aspiración es el acceso a la tecnología. El batán y el microondas. Pero además de estos magníficos relicarios de dos épocas tan distintas, debemos, a no dudar, incorporar otros conceptos a nuestro cotidiano, para que el siglo que nos toca vivir no lo vivan tan sólo en otros países.

Este siglo debe consolidar la democracia de los bolivianos. Esto que venimos escuchando desde que nacimos, es una pepa de oro que casi nunca cuidamos. Una evidencia contundente de lo que afirmo está en el hecho de que en nuestra sociedad no impera con rigor ninguna de las dos justicias: ni la social ni la legal. Muchos bolivianos de hoy, aún no logran advertir la pobreza que existe en el seno de las comunidades indígenas. Es más: no saben ni siquiera que a tristes 60 Kms. de nuestra ciudad ya hay más de una. Muchos más bolivianos son los que viven en la burbuja de su club y ni siquiera han pretendido escuchar los dos testimonios de lo que pasa en la realidad para sacar una conclusión propia. Tan sólo escuchan uno y les es suficiente para seguir batiendo la magia del cubilete. Y la democracia es un tejido grueso que cada uno elabora con su propio palillo. Pero todavía hay gente que no lo tiene, que no lo quiere tener, y que se desentiende, y que se parapeta en el No, porque nació con la derrota en la punta de la lengua.

Los alemanes afirman que ningún pueblo es tan pobre si impera, en su seno, la justicia. Al mismo tiempo, ningún pueblo es violento si advierte que se trabaja para que impere, en su mismo seno, la justicia social. Esto de la justicia social debe entenderse como la construcción inmediata de una sociedad horizontal y no vertical, o estratificada, o clasista como es esta que heredamos de la Colonia. No es un trabajo sencillo. Primero, porque los partidos políticos creen que parte del gobierno son los jueces, y son felices cuando mandan sobre ellos. Segundo, porque ciertas castas sociales lucran de lo lindo con el patrimonio de los bolivianos y sin respetar ley alguna. Contra todo eso es la pelea.

Pero ni siquiera con el imperio de la justicia se accede de lleno a la modernidad si no se tiene un pensamiento crítico. La escuela boliviana está tardando demasiado en enseñar el valor del ejercicio del criterio, del valor de las conciencias independientes, del derecho de pensar por cuenta propia y de la moral campeona de quienes ya conocen el relámpago de la libertad. Y nuestras universidades parecen el horno donde se recalienta el k’oñichi de viejas doctrinas que pertenecen al circuito de ideas europeo. Así no va a ser posible treparse al siglo. Los bolivianos tenemos que pensar por cuenta propia. ¿Qué es ser boliviano? ¿Cómo anhela vivir el boliviano? ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Cuál es su sensibilidad? ¿Qué le duele? ¿Qué le hace feliz? ¿Qué lo une? ¿Qué lo separa? Las preguntas pueden ser miles, y las respuestas, en cambio, muy pocas, porque el tiempo de conocernos no ha concluido, pero sí, afortunadamente, ha comenzado.

El pensamiento crítico debe ser nuestro verdadero motor. Cada uno de los bolivianos debe sentir la necesidad de razonar la realidad sin olvidar nunca que esto que vivimos no ha comenzado ayer, sino con los abuelos. La recuperación cotidiana del pasado ha de enriquecernos, ha de brindarnos algunas luces que alumbrarán el camino oscuro hacia el futuro. Vivir lejos del pensamiento crítico significa afirmar que la vida no se mueve, que la realidad es un pantano en el que vamos a hundirnos sin patalear.

Las dos justicias y el pensamiento crítico permanente son la garrocha que necesitamos para brincar a un siglo que empezó antes de que acabara el otro. Mucho antes, pues la modernidad comenzó a dibujarse en el siglo de las luces cuando algunos atrevidos se le pararon intelectualmente al poder. Mientras tanto, está bien que se lleve obras al ámbito rural, a los confines mismos de nuestro territorio, que el país se desconcentre y descentralice, y que las nueve autonomías acerquen a la sociedad la decisión política como la administrativa, para que no tengamos que viajar a La Paz a pedir permiso para construir un puente o para que algún jefe arrogante de partido político nos nombre candidatos. Eso está muy bien, pero ya sabemos que la tarea de fondo es otra.

El siglo XXI nos pide que, en sus primeras décadas, desaparezcan los mendigos del campo y de las ciudades, así que la gestión pública debe estar conciente de que primero es la persona y después, pero muchísimo después, está la comodidad para el automóvil. Este mismo siglo no va a tolerar que la gente no acceda al conocimiento, porque no habrá forma de inventar un mundo entre iguales si en realidad somos desiguales en la cabeza. Y con el mismo rigor, este siglo exige que impere la justicia para que los hombres no se maten entre sí. Así que estas son nuestras responsabilidades y cada uno de nosotros deberá trabajarlas con su propio palillo. Como ya sabemos que son decisiones personales, no debemos olvidar que la suma de las mismas construye la sociedad, la ciudad y el país. Debemos vivir nuestro tiempo para no reconocernos como hombres de otro siglo.

Cochabamba, septiembre-2009

Categoría(s): Artículos

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