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Gonzalo Lema: “El cuento es más selectivo en sus lectores”

Por Sandra Arias – Los Tiempos – 3/07/2011

Lecturas (L): ¿Cuál es la arista más interesante del cuento boliviano?

Gonzalo Lema (GL): ¿”Arista” significa “cumbre”? Porque bien puede significar ruptura de “lo plano” o uniforme… En todo caso, la literatura boliviana conserva su tradición, o su fidelidad, aún hasta mi generación, al acontecer social. Raza de bronce, del “Chueco” Céspedes, refleja las contradicciones sociales de la sociedad boliviana a propósito de la guerra del Chaco. Oscar Cerruto, en Cerco de penumbras, en un abanico temático diverso, denuncia lo mismo. René Pope, contrastando el abanico cerrutiano, se centra en “interior mina”. Los tres, con gran calidad, tienen la preocupación por testimoniar su tiempo, denunciar el clasismo, el racismo, el olvido de los sectores marginales de parte de las élites sociales bolivianas. Hasta ahora estos libros son parte de las cumbres del cuento boliviano, de sus aristas. Seguramente hay algunos más.

L: ¿Cómo ha variado el cuento boliviano a través del tiempo?

GL: Quizás con la aparición de nuevos personajes, como la ciudad. Es decir: el campesino, el minero, el obrero, la chola, los “señoritos” afrancesados de los siglos XIX y tres décadas del XX, las damiselas, en fin, comienzan a ceder paso al personaje llamado ciudad. Parece inevitable: la ciudad es el hacinamiento, el anonimato, la ajenidad, la epidemia, la enajenación, la inseguridad, la carencia, el bloqueo, la promiscuidad… Al mismo tiempo, por doloroso e irónico que parezca, es todo lo que tenemos. Entonces la ciudad se va imponiendo y el escritor comienza a narrarla. Aquí también se podría hablar de aristas a partir de los enfoques: la ciudad de día, de noche, en la bohemia, en la calle, en el teatro, a bordo de un vehículo… Sin embargo, la preocupación por lo social parece firme. Algunos escritores enriquecen esta preocupación tradicional con buceos introspectivos. Pero la preocupación por narrar el país, por escribirlo, por ponerlo en palabras, está en pie.

L: ¿Es posible identificar periodos bien diferenciados?

GL: Esa es una vieja discusión. Los historiadores se plantean un dilema: el tiempo lineal y el tiempo cíclico. Yo prefiero aceptar que ambos tiempos conviven simultáneamente, que uno contiene al otro, y con el advertido de que nada es tan preciso y claro. Cuando todo el mundo asumió la agricultura, los ingleses ya estaban en el industrialismo. Cuando Bolivia sueña en industrializarse, otros países ya están en lo virtual… Lo mismo sucede con los períodos literarios: no son nítidos en su diferencia. Me parece que lo nítido, más bien, es la continuidad.

L: ¿En qué medida se mantiene vigente la percepción de que es un género menor?

GL: Víctor Paz sólo leía novelas. Pero Borges, por ejemplo, sólo escribía cuentos (además de poesía, ensayo y prólogos, claro), y no escribía novela. Yo creo que la novela es más comercial, y de allí su éxito. Al mismo tiempo, el cuento es muy selectivo en sus lectores, aunque de hecho se perdió uno muy inteligente como el ex presidente Víctor Paz. No es un género menor, sino menos comercial. Pero el mexicano Juan Rulfo salió del apuro escribiendo un gran libro de cuentos, El llano en llamas, y una gran novela, Pedro Páramo. Con los dos géneros fue famoso y cosechó millones de lectores.

L: Un escritor boliviano comentó que, desde que comenzó a escribir novelas, se le hizo difícil escribir cuentos. ¿Qué opina de este comentario?

GL: Mi amigo Igor Quiroga me dijo que era una cuestión de buena nalga. La novela exige estar bien dotado de esa parte porque es un proyecto que se trabaja en años. El cuentista puede, o podría, ser más flaco.

L: Teniendo en su autoría tanto cuentos como novelas, ¿en qué difiere el proceso creativo?

GL: Me ha pasado, alguna vez, que la gente me ha regalado temas o que los he descubierto yo casi al mismo tiempo. Eso siempre me ha desesperado. Si a todas esas posibilidades narrativas les hubiera dedicado la extensión de una novela, la ansiedad me hubiera vuelto un loco. Lo que hice fue escribir cuentos, uno tras otro. Un cuento mío, sin embargo, llamado Vacaciones de tía Lola, luego fue re-elaborado y se convirtió en una novela: Los labios de tu cuerpo. Eso quiere decir, entonces, que los temas también imponen su tratamiento y extensión, porque no toda la escritura es racional, sino también espontánea. Con los años, me parece, los escritores pensamos que un tema es de novela y otro de cuento. Lo mismo sucede en el fútbol. El “Conejo” Campos empezó de puntero izquierdo, pero el director técnico Luís Terán lo consagró como marcador izquierdo. Otro caso es el “Diablo” Soria, que era infeliz como número 8 y se volvió feliz, gracias a Habergger, como 6. La diferencia era sencilla: él no podía girar, dar la vuelta, pero era el mejor jugando de frente.

L: ¿En qué medida se hace evidente la diferencia generacional de los autores en sus enfoques?

GL: Algunos escritores jóvenes piensan que el éxito está en volverse expertos en literatura y olvidarse de lo demás: política, economía, otras artes, sociología, filosofía e, incluso, realidad. Estudian doctorados en literatura. Pero el experto, además de ser un administrador de la inteligencia, profesa el conocimiento de la fracción, del retazo, de la parte. Desde ese punto de vista difieren de los escritores clásicos que siempre ambicionaron saber la totalidad. Frente a la fracción está el todo. He advertido en estos escritores, siempre a juzgar por sus entrevistas, que continúan con el mismo paquete de respuestas de cuando eran niños: escribo desde los quince años,  me influyeron estos autores, quise decir esto y pienso escribir esto otro… Es más: con esas pequeñas cosas reclaman atención. Salen a buscar público. Yo estoy con quienes creen que la filosofía se viene “literaturizando” desde Sartre. Igual que la historia. A veces hasta el periodismo. No podemos ser ajenos a tanto conocimiento, a tanto saber. Y, esencialmente, a tanta realidad. No creo que siente bien, a un escritor, la especialización. El escritor es otra “continuidad” en la historia de la humanidad. Es el heredero de los pensadores de la antigüedad. ¿Por qué renunciar al enorme placer de la aproximación a todo?

L: ¿En la producción nacional, se puede percibir preferencia entre cuento y novela? ¿Cuál prefiere usted?

GL:  Don Werner Guttentag llevaba al día estas estadísticas: ¿Cuántos libros de cuentos se han producido este año? ¿Y cuántas novelas? Él me comentó, alguna vez, muy asombrado, que el género que menos se vendía era el que más se producía: la poesía. El segundo género en producción y venta, muy lejos de la novela, el cuento. La novela estaba en la producción más escasa, pero se vendía, y se vende, mucho más. Sin embargo, tenemos una buena cantidad de novelistas en el país. Y todo indica, menos mal, que tenemos una buena cantidad de escritores y poetas. Nos faltan las aristas, entendidas como cumbres, pero es posible esperar gratas sorpresas de los mismos escritores y de los nuevos. Hay que apostar más al trabajo que al marketing. La inspiración debe “pillarnos” trabajando.

 


 

Categoría(s): Blog de Gonzalo Lema

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